Comisión Nacional por la Conmemoración del Bicentenario de la Reconquista (12 de agosto de 2006) y de la Defensa de Buenos Aires (5 de julio de 2007)

Discurso Dr. Horacio Micccui

 

Hoy estamos aquí para conmemorar la gloriosa Gesta de la Defensa de Buenos Aires de la que se cumplieron 200 años de su realización. Lo hacemos a horas de cumplirse el 201º Aniversario de la Reconquista de Buenos Aires, en un año muy especial para nuestro pueblo, porque también se cumplen 25 años de la Reconquista Patriótica de las Islas Malvinas

Lo hacemos para aprender de aquel proceso que se inició en 1806, continuó con la Defensa de Buenos Aires en 1807, dio un salto en calidad desde el 25 de mayo de 1810, con el Primer Gobierno Patrio, hasta el 9 de julio de 1816, al declarar la Independencia de toda dominación extranjera, desplegando una larga guerra patriótica y popular, una guerra prolongada, que culminaría en los campos de Junín y Ayacucho con la Independencia Americana.

¿Y porque tenemos que aprender?

En primer lugar porque debemos aprender de nuestras propias experiencias. Porque ese proceso fue el camino de nuestra constitución como república. Porque hubo allí una confluencia del movimiento patriótico-nacional con el movimiento democrático-popular. Y cada vez que en nuestra historia confluyeron esos movimientos se abrió un camino venturoso para Argentina y, a la inversa, cuando esos movimientos se separaron y aún enfrentaron (instigados por las potencias de cada época) se abrió el camino de la entrega y la sumisión nacional.

En segundo lugar porque las luchas para defender nuestras tierras, nuestros mares y nuestro espacio aéreo las vamos a desplegar aquí, y lo que aquí ocurrió en el pasado nos deja enseñanzas para el futuro. Debemos aprender de la experiencia de 1806 a 1824, así como también, cabe destacarlo, de nuestra justa guerra por la recuperación de las Malvinas e Islas del Atlántico Sur. Nuestro punto de referencia, para las críticas y autocríticas y para los balances, será la visión de los patriotas de Mayo y de la Independencia y no la visión de las potencias que se disputan el dominio del mundo y la visión de los genuflexos nativos (pero no nacionales) que como cipayos viven pensando en  como agradar a los dominadores (sean ellos cual sean).

En tercer lugar, debemos aprender de ese pasado, porque la Independencia ha quedado inconclusa. Y así como en julio de 1816 se declaró, a instancias de Medrano, la Independencia de toda dominación extranjera, de todas las potencias de la época, hoy necesitamos lograr la Independencia de todas las potencias actuales.

Retomaremos las ideas de los próceres de Mayo: Ni amo viejo ni amo nuevo. No queremos cambiar de amo. No queremos tener ningún amo. Y les vamos a hacer vomitar cada centímetro de territorio ocupado y cada gramo de patrimonio nacional esquilmado. No queremos liberarnos de un imperio para depender de otro.

Y ¿qué lecciones podemos extraer de los hechos que conmemoramos?

En la Reconquista y la Defensa hubo un pueblo decidido y alzado en armas contra el invasor, unido a los militares dispuestos a enfrentar a los enemigos de la Patria. También hubo traidores como aquel José Martínez de Hoz, que fue nombrado por Beresford como Administrador de la Aduana, y que inmediatamente redujo los derechos de importación de los productos británicos.

Es cierto que había una diferente visión y distintos intereses entre los que luchaban contra el invasor. Había españolistas que querían conservar estas colonias. Había bonapartistas que querían que estas colonias siguieran siendo tales para la corona española que detentaba un hermano de Bonaparte. Pero también había patriotas que aspiraban a la Independencia y deseaban que se pariera una nueva y gloriosa Nación.

Los patriotas independientistas lograron la confluencia de los distintos grupos opositores a la Invasión Inglesa en una conjunción política, que se expresó en términos militares, en el Ejército Reconquistador: unión del pueblo en armas y los militares opuestos al ejército de ocupación.

Además, había distintos componentes en la fuerza militar anti inglesa.

El inglés Ferns, dice que el primer componente era la caballería ligera gaucha, cuyos jefes eran llamados cabecillas tanto por Liniers como por los oficiales británicos. Su formación irregular no podía enfrentar un combate formal a la usanza de la época pero era invencible en la inmensidad de la pampa, en donde hacía imposible toda penetración al interior y era capaz de cortar toda línea de suministros.

El segundo componente era el integrado por militares de distinto grado que tenían voluntad de enfrentar al agresor.

Y el tercer elemento eran aquellos que el General Maffey, en su libro “Crónica de las grandes batallas del Ejército Argentino”, llama “los guerrilleros urbanos”, una naciente organización creada en pleno centro de Buenos Aires. Eran criollos y españoles con deseo de lavar la humillación sufrida.

Estos tres elementos se conjugaron para derrotar al inglés. Y lo que los unió fue el espíritu de no dejarse vencer, de no dejarse dominar. Y así, a un mes de que el invasor ocupara Buenos Aires a paso redoblado y sin combatir, un pueblo en armas da vuelta la situación. Son los mismos hombres con las mismas armas pero esta vez munidos de una voluntad patriótica. Una y otra vez, en Buenos Aires en 1806 y 1807 y en Irak hoy, se demuestra que cuando un pequeño pueblo es capaz de unirse y armarse contra el invasor, puede vencer.

Y así se conformó una fuerza armada que volvió a derrotar a los ingleses al año siguiente. Y en lo que fue de 1807 a 1810 (en un proceso en el que se desarmó a los que no querían la independencia) se constituyó el Ejército Patriota  “miliciano-militar” que sería la fuerza armada de la Revolución de Mayo.

Se ha dicho que la necesidad hizo militares a los que nunca pensaron serlo sacándolos de las más diversas actividades: comerciantes como Saavedra, Pueyrredón, Matheu, Eustaquio Díaz Vélez y Francisco Ortiz de Ocampo. Abogados como Belgrano y Feliciano Chiclana. Empleados como Domingo French. Todos junto a militares como Miguel de Azcuénaga, Juan José Viamonte, Antonio y Diego González Balcarce, Ramón y Marcos Balcarce, Rondeau y Matías Zapiola.

Y relata Manuel Belgrano en sus memorias: “que eran gente paisana que nunca había visto uniforme, y que decía con mucha gracia, que para defender el suelo patrio no habían necesitado de aprender a hacer posturas, ni figuras en las plazas públicas, para diversión de las mujeres ociosas.”

En ese mismo camino de la unidad patriótica y popular, de pueblo y militares profesionales patriotas, se constituyó el Ejército de los Andes. Con uniformes tejidos en los telares puntanos (de ese San Luis que entregó lo único que tenía: sus telares y sus hombres), con cañones obra de Fray Luis Beltrán, con pólvora hecha bajo la dirección del Ingeniero Álvarez Condarco. Nació así la primer industria para la defensa que debemos reavivar ahora en una más amplia y reactivada Fabricaciones Militares con un criterio de Defensa Nacional Popular Integral.

La organización del Ejército de Los Andes tuvo por norte un Plan Libertador . Un Plan que combinaba ese ejército patriota con la resistencia, en el Norte, de los Infernales de Güemes y la Guerra de Republiquetas en el Alto Perú (de la que habla hasta Mitre) donde de 101 caudillos de campesinos de los pueblos originarios sólo sobrevivieron dos. Y todo bajo la dirección de ese General español defensor de la causa de la Independencia: el General de los Pueblos, el General Antonio Álvarez de Arenales. Y, también, la defensa en el Este dirigida por el líder agrario, el General Artigas, el “Protector de los Pueblos Libres”, con su segundo e hijo adoptivo el Comandante Guaraní Andresito.

Y sin esto el cruce de los Andes no hubiera sido posible. Era la caballería ligera gaucha invencible en la inmensidad de nuestro territorio. Los ingleses golpeados por la derrota de dos invasiones eligieron el camino que después repetirían otros imperialismos: encaramarse a través de empleados, testaferros y cipayos para hacer de la Argentina un país sólo formalmente soberano y en esencia dependiente. Por eso la necesidad de la Segunda Independencia que se combine además con la Independencia económica de la que hablaba otro grande: el General Mosconi.

Y después el camino al Perú en donde, según ha escrito el Almirante Busser, San Martín “no intentaba conquistar un territorio. Intentaba captar un pueblo para la causa de la libertad” y aplicó “los conceptos más clásicos de la moderna guerra anfibia y de la llamada guerra de maniobra.” Y destaca el Almirante Busser: “su generosidad y sentido humano procuraron siempre evitar sufrimientos a los pueblos en cuyos territorio actuaba, mientras respetaba a los soldados enemigos que caían en su poder, cosa que muchas veces no ocurre en los tiempos actuales.”

Y de allí a la unidad latinoamericana, yendo desde la Independencia Nacional hacia la Patria Grande y culminando en los campos de Junín y Ayacucho.

Vaya si tenemos que aprender de la gloriosa gesta de la Reconquista y la Defensa de Buenos Aires y de la Gesta Independentista para avanzar en el camino de la definitiva independencia.

Nosotros, por nuestra parte, estamos dispuestos a cumplir con aquella orden que nos llega desde la noche de los tiempos, transportada bajo las camisas sudorosas de los luchadores populares a través de las líneas enemigas:

“La guerra se la tenemos que hacer del modo que podamos. Si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos tiene que faltar. Cuando se acaben los vestuarios, nos vestiremos con la bayetilla que nos trabajen nuestras mujeres y sino andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios. Seamos libres y lo demás no importa nada.

Compañeros juremos no dejar las armas de la mano hasta ver el país enteramente libre o morir con ellas como hombres de coraje”.

General Don José de San Martín.

Orden General al Ejército de Los Andes

27 de julio de 1819.    

Estamos dispuestos a cumplirla.  

Que así sea.