Comisión Nacional Permanente de Homenaje al

Tte. Cnel. (R) Don Adolfo C. Philippeaux

Discurso de Eduardo Mariano Lualdi, en el Cementerio Parque de la Ciudad de Mar del Plata, con motivo de la demarcación de la parcela donde se construirá el mausoleo donde descansarán los restos del Tte. Cnel. (R) Don Adolfo C. Philippeaux. (13 de marzo de 2006).

Venimos a rendir tributo a la figura del Tte. Cnel. Philippeaux. Estamos aquí para expresar nuestra pena por su pérdida, para recordar al amigo, al compañero, al luchador. Pero también estamos aquí porque los enemigos del pueblo aspiran a que perdamos memoria de sus actos heroicos y de los hombres que los protagonizaron. Por eso nosotros no olvidamos, ni olvidaremos, mientras no traicionemos y sigamos luchando por los cambios profundos a los que aspira nuestro pueblo.

En poco tiempo hemos sufrido la pérdida del Tte. Cnel. Philippeaux, el Sub. My. Marcelino Sánchez y ahora, muy recientemente, del Dr. Carlos Infante. Todos ellos parte de ese grupo de viejos notables —al que debemos sumar al Coronel Francisco Javier De Guernica, fundador de la revista CUADERNOS, y al Vicecomodoro Roberto Vicente Martorano—, que abrieron un camino para el encuentro en una nueva huella argentina y han dejado en nuestras manos la tarea de hacer que esa huella se transforme en camino y ese camino contribuya a la lucha por la felicidad y grandeza del pueblo y de la patria. Pero como decía un gran escritor chino, Lu Sin, se puede decir que los caminos existen así como se puede decir que no existen, Porque en verdad los caminos solo existen cuando los pueblos se ponen en marcha.

Este pueblo está en marcha. Es un pueblo sufrido y es un pueblo heroico. Es un pueblo que sigue luchando a pesar de los gigantescos esfuerzos de las minorías gerenciales por ahogar el curso patriótico y popular abierto en los últimos años. Un pueblo que atesora una rica historia de lucha, de memorables jornadas que son parte de las más bellas páginas de la verdadera historia argentina.

No nos equivocamos cuando decimos que este es un pueblo sufrido y heroico. Venimos a este lugar a rendir tributo a un héroe del pueblo y está junto nosotros, un héroe de Malvinas: el Mayor Jorge Manuel Vizoso Posse. Miles de soldados, suboficiales, oficiales y civiles enfrentaron heroicamente la agresión imperialista, 649 de ellos fueron asesinados por el colonialismo británico, aliado a los EE.UU. Nunca nuestra nación dejará de luchar por lo que le pertenece y que legítimamente reconquistó el 2 de abril de 1982. Ante esta tumba, la del héroe del pueblo reafirmamos nuestra voluntad de recuperar lo que nos pertenece sin claudicar jamás.

Philippeaux, como dijo el Dr. Julio González —otra figura emérita de nuestro Foro—, pertenece a esa pléyade de héroes del pueblo que rara vez merecen la mención de la prensa del sistema.

Dijo el Dr. Julio González:

“Debemos partir de algo que todos los días podemos comprobar todos nosotros y es que en nuestro país hay dos clases de héroes: los que tienen estatua y el soldado desconocido.

De los que son perpetuados por una estatua o el bronce hay que señalar que algunos de ellos ni siquiera han existido, son falsos héroes o héroes inventados. Para los héroes que pretenden entronizar las estatuas y los bronces cabrían aquellas palabras del Martín Fierro: no son todos los que están ni están todos los que son.

En cambio el soldado desconocido —con uniforme de militar o manos de trabajador—, es el héroe de carne y hueso que los pueblos muchas veces olvidan, porque el régimen que nos domina impide que se los recuerde.

El Teniente Coronel Philippeaux fue un argentino de carne y hueso, de alma grande, de espíritu, de convencimiento, de lucha y de lucha dura.”

En efecto. Philippeaux fue un patriota que luchó mucho y luchó duramente. Esa fue, sin duda alguna, su condición mejor. Fue un hombre de carne y hueso: nosotros no idealizamos su figura, no hablamos de un Philippeaux sin defectos, sino que lo recordamos como fue, con sus errores y sus méritos, lleno de una voluntad revolucionaria que lo hizo servir a una causa noble hasta el día que su salud ya no se lo permitió.

Servir al pueblo y no desmayar nunca, esa es una virtud de los verdaderos revolucionarios. Fue el jefe del destacamento reforzado de Combate, del Regimiento escolta del Gral. Perón; garantizó la vida del entonces presidente constitucional durante los infames bombardeos a Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955, y se batió contra las tropas golpistas a las que obligo a replegarse. Fue, además, el jefe político y militar de la Revolución del 9 de junio de 1956 en La Pampa, de la que este año se cumplen el cincuentenario, único lugar donde triunfo esa revolución. Conoció todas las cárceles del país, el destierro, el confinamiento. Fue perseguido por todas las dictaduras. Fue torturado, y en las postrimerías de su vida, condenado a la muerte civil como preámbulo de la muerte biológica.

Pero sus enemigos fracasaron. Su actuación más fundamental, la restitución de las autoridades constitucionales en La Pampa en 1956, ha quedado como patrimonio del pueblo, y ha sido su más importante legado a las generaciones futuras.

Ese capítulo de nuestra historia había sido ocultado hasta que, primero en CUADERNOS para el encuentro en una nueva huella argentina y luego desde el Foro Patriótico y Popular, al que Philippeaux contribuyó a fundar y del que fue su primer presidente, lo rescatamos para que vuelva a ser patrimonio del pueblo, como lo son todos los actos en los que hombres comprometen su vida por una causa justa, como es la felicidad y bienestar de la patria. 

Philippeaux tuvo hasta su confluencia con otros patriotas y revolucionarios en el Foro Patriótico y Popular, grandes duda sobre la valoración de esos acontecimientos del 9 de junio de 1956.

¿Había estado equivocado en aquellas jornadas cuando, cumpliendo con el artículo 21 de la Constitución que dice: “Todo ciudadano está obligado a armarse en defensa de esta constitución y de la patria”, armó al pueblo y restituyó a las autoridades legítimas en La Pampa? ¿O era “el loco Philippeaux”, como pretendió estigmatizarlo el enemigo, que en su delirio había armado a un puñado de forajidos?

Philippeaux, peronista de convicción y de corazón (ideario al que adhirió hasta su muerte), fue parte de una corriente militar pequeña pero fundamental en la historia de nuestra Nación: la corriente patriótica y democrática. Una corriente que hunde sus raíces en la historia grande de la patria argentina, desde las gigantescas sublevaciones de los pueblos originarios, pasando por la Reconquista y Defensa de Buenos Aires, la Guerra de Emancipación, las puebladas de fines del siglo XIX y principios del XX, etc.. Sus figuras más notables los padres de la patria: Artigas, Belgrano, San Martín e integrada por muchos otros militares ilustres.

Nadie pretende comparar el tamaño de las hazañas de Artigas, Belgrano o San Martín, con el escenario de aquel 9 de junio de 1956 en el que sus figuras dirigentes, guiados por los más bellos ideales y las más nobles finalidades, los oficiales Valle, Tanco, Cogorno, Ibazeta, Caro, etc., encabezaron el levantamiento contra la dictadura surgida del golpe de Estado del 16 de septiembre de 1955. Ellos, como muchos otros valientes, regaron con su sangre la lucha contra la tiranía impuesta el 16 de septiembre de 1955.

Toda la jornada del 9 de junio de 1956 merece respeto y consideración. Y en los acontecimientos de La Pampa están presentes esos elementos comunes a toda la corriente patriótica y democrática de la que el entonces Capitán fue uno de sus máximos exponentes contemporáneos.

Como dijo el Coronel De Guernica, la Argentina es el producto de las geniales desobediencias, refiriéndose a la de Belgrano en Tucumán y San Martín en Cuyo. Philippeaux fue un desobediente que se negó a aceptar órdenes de quienes se alzaron en armas contra la constitución y la Patria y arriesgó su propia vida en aras de cumplir con sus verdaderas y patrióticas obligaciones. Como ya dijimos, cumpliendo con el precepto constitucional sintetizado en su artículo 21, se unió al pueblo, organizó una fuerza dispuesta a luchar y vencer, y en la acción que le encomendaron sus superiores, venció.

Philippeaux tenía un profundo rechazo al “puch militar” al que consideraba incapaz de ofrecer un triunfo popular. Un golpe militar al margen del pueblo y que pretende hacer las cosas por éste —de ello se trata en definitiva—, no considera al pueblo como verdadero protagonista de los cambios profundos, cambios revolucionarios. Ese camino es un camino de derrota. Él organizó y armó a numerosos paisanos peronistas junto a otros hombres dispuestos a luchar por la restitución del orden constitucional, y en la confianza y armamento del pueblo estuvo la base de su éxito.

Tenía un plan revolucionario que él mismo llevó adelante. Tenía los cuadros y las voluntades que había organizado junto a otros jefes como Reggazoli, (oficiales del Ejército Argentino, personal de la policía de La Pampa en número importante y de espíritu sacrificado, paisanos peronistas decididos, todos dispuestos a restituir el gobierno al Gral. Perón). Esa fue la fuerza organizada que Philippeaux, Reggazoli y otros, que formaron para la Revolución del 9 de Junio de 1956 en La Pampa, y con esa fuerza triunfaron.

Philippeaux había hecho otros preparativos para enfrentar a las fuerzas represoras que hubieran permitido ganar tiempo a fin de que muchas otras unidades rebeldes se sumaran a la revolución. Restituyó al gobernador electo por el pueblo, por lo que el Dr. Julio C. González ha caracterizado la acción de Philippeaux, como la única vez en la historia moderna en que un levantamiento militar no estaba orientado a quebrar el orden constitucional, sino a restituirlo.

El entonces Capitán Philippeaux consideraba que en una revolución debía existir una firme voluntad de vencer, de actuar con enorme decisión y claridad. Repetía que una revolución se hace, no se recita, se prepara meticulosamente, se planifica y que jamás una fuerza debe “jugar a la revolución”. Y cuando se toma la decisión de actuar no se puede vacilar. Entendía además que los revolucionarios debían guiarse por el espíritu sanmartiniano de no derramar sangre de hermanos, aquel espíritu que guió al General Belgrano luego de la batalla de Salta, cuando liberó a los americanos que habían sido obligados a combatir en defensa del tirano colonialista.

En efecto, durante el tiempo que duró la recuperación del gobierno para sus autoridades legítimas producto de la acción revolucionaria, no hubo heridos ni víctimas de ningún tipo, mandó detener a los funcionarios golpistas pero prohibió todo maltrato físico. Compárese este modo de actuar de un jefe revolucionario con los brutales fusilamientos que practicaron los represores producida la derrota de la Revolución. Y ni hablar de los crímenes horrendos que cometerían otros muchos, décadas después, antes y después del 24 de marzo de 1976.

Fracasado el levantamiento, huyó hacia San Luis en donde fue detenido. De allí, el golpista Capellini —quien también 1976 sería uno de los fogoneros del golpe de Estado cuando encabezó una sublevación en diciembre de 1975—quería llevarlo para fusilarlo en Bahía Blanca, pero un puñado de jóvenes oficiales de la Fuerza Aérea Argentina lo impidió poniéndole agua en vez de nafta a los aviones. Fue conducido a la cárcel de Santa Rosa, luego fue trasladado a Magdalena y de allí a Ciudadela, de donde se fugó.

Otro momento de enorme gravitación en su vida fue el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. Es importante saber que Philippeaux hizo gestiones para organizar una fuerza que enfrentara al golpismo pero fue rechazado. Hubo otros oficiales del Ejército que propusieron enfrenar el golpe de Estado pero corrieron la misma suerte.

Philippeaux contaba que en una oportunidad fue convocado por el Gral. Suárez Maison  a un asado. Allí, el jefe golpista le dijo: “A ustedes los vamos a sacar a patadas y después los vamos a matar a todos. Vos “Cachito” como me caes simpático, —le dijo cínicamente Suárez Maisonsino jodés te voy a perdona la vida”.

De allí salió directamente a la Casa de Gobierno: Se entrevistó con el Ministro de Defensa, Dr. Deheza. Philippeaux le informó la conversación con “Pajarito” Suárez Maison y le planteó que era indispensable no volver a repetir la historia de 1955, que el pueblo podía y debía enfrentar el golpe: le propuso cumplir, a como dé lugar, con la orden de armarse para defender la constitución y la patria. Philippeaux no fue escuchado. Otros oficiales también realizaron planteos similares y fueron igualmente desoídos. Trágicas serían las horas que sobrevendrían tras el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976: la Argentina, viviría la más horrenda y criminal dictadura que conociera en su historia.

La dictadura encabezada por Videla, Massera y Agosti lo confinó en La Pampa, allí vivió, como describió su compañera de vida y de lucha, la Sra. Virginia Martínez de Philippeaux: “En un lugar arriba de las bardas, secano, inhóspito, un rancho cada tres leguas, sus pocos habitantes eran uno que otro indio, animales salvajes, víboras, arañas, etc.; no había caminos ni agua, vivíamos en una precaria casilla de madera, quizás no lo puedan creer pero así vivía un ejemplar soldado de la patria, un Tte. Cnel. del Ejército Argentino con su familia sufriendo por ser leal a su patria, al General Perón  y a su pueblo”. Cuando terminó el confinamiento se afincó en Mar del Plata, ciudad a la que amaba y en donde vivió hasta su fallecimiento.

Cuando el Justicialismo retomó el gobierno con el triunfo del FREJUPO en 1989, estuvo listo para contribuir con su capacidad y entusiasmo. Pero al poco tiempo se retiró al negarse a ser parte de la entrega del patrimonio nacional con la firma de los contratos de pesca que significaron la enajenación de nuestra riqueza ictícola.

En sus últimos años de vida confluyó junto a otros hombres de distintas corrientes de pensamiento, veteranos de Malvinas, periodistas, científicos, dirigentes políticos y sindicales, etc., y fundó el Foro Patriótico y Popular. Luchaba por un cambio de fondo: un cambio revolucionario. Dijo en aquella oportunidad:

“Es muy importante que se haya constituido este Foro con personalidades de distintas ideas. Hay que unir compañeros, porque la empresa de salvar al pueblo y salvar la Patria es obra de todos los hombres, de todas las ideas.

He sido un humilde soldado de la Patria, he sido un capitán del Gral. Perón.

Estoy harto de corrupción, de todos los corruptos, sean del partido que sean, que se roban los dineros del pueblo hasta dejarnos hambrientos como ahora, en que miles de chicos mueren de hambre porque no tienen ni un pedazo de pan para comer.

Hay que terminar con la corrupción de los políticos, de los que tengan el uniformen que tengan, de todos. La corrupción es una enfermedad con la que hay que terminar.

Y hay que tener coraje como tuvimos los revolucionarios en La Pampa, aquel 9 de junio de 1956 en donde hicimos lo que teníamos que hacer. Levantamos al pueblo, organizamos la lucha, y restituimos al gobernador electo por el pueblo echando a los gorilas que habían venido a vender la Patria. La revolución, que solo triunfó en La Pampa,  desgraciadamente no alcanzó la victoria en todo el país. Pero han quedado sus enseñanzas.

Hoy nos aflige la desocupación, el hambre, la corrupción, la inseguridad. Los imperialismos son insaciables y vienen por todo: quieren quedarse con todo el petróleo que nos queda, con nuestras tierras, con nuestra pesca; nos quieren robar todo. Hay que estar atento con los imperialismos y combatirlos a como dé lugar.

Acá están entre nosotros estos muchachos civiles que fueron a combatir a Malvinas. Fueron voluntarios y tuvieron el coraje de ir a pelear sin poder usar armas. A mi me parece que son héroes; yo que soy militar lo digo con absoluto convencimiento.

Por mi parte renuevo ante el compromiso que guió mi vida. Voy a luchar por el pueblo, por la patria y contra los imperialismos.”

Estaba asqueado de la corrupción de un sistema en el que solo hay lugar para gobiernos gerenciales, que el Coronel De Guernica caracterizó como herodianos —comparándolos con el reino de Herodes, rey funcional al imperio romano—; que dicen una cosa pero hacen otra, y que trabajan no para la grandeza de la Nación y felicidad del pueblo, sino para el enriquecimiento de ese puñado de oligarcas que Don Arturo Jauretche denominó “invertebrados”, porque carentes de columna vertebral, se arrastran ante los poderosos del planeta.

Philippeaux dejó un ideario y un camino. Nosotros somos parte de ese torrente patriótico, democrático y popular que él amaba entrañablemente. No sabemos si nuestros ojos verán la obra inigualable de la victoria del pueblo y de la patria. Pero si no es así, tenemos la convicción absoluta de que los que nos sucedan, alcanzarán la victoria que soñamos. Y ese día, junto a muchos otros héroes desconocidos del pueblo estará sin duda nuestro Coronel “Filipó”, festejando lo que era su sueño y su convicción.

Querido Cacho, amigo, compañero: ¡Hasta la Victoria!